Testimonio: Internamiento Involuntario

Català
Fuente: PSIQUIATRÍA NET

11 mayo 2008

Soy enfermera y licenciada en Medicina. Lee si quieres mi propia experiencia personal que reflejé en la siguiente carta que escribí hace 2 ó 3 años:(2001)

Queridos/as amigos/as de AC:

Hace ahora más de un año tuve mi primera (y única por ahora) confrontación con la Psiquiatría Institucional: dos días de lo que yo sentí como dos días de secuestro y tortura:

Un día que caminaba por una carretera local tratando de relajarme del enfado que tenía, a causa de una situación de injusticia en el ámbito laboral que estaba sufriendo en aquella época (y que estaba intentando llevar a juicio), fui detenida por un policía de tráfico (guardia civil de tráfico) que presupuso que mi intención era suicidarme tirándome de un puente cercano situado en aquella carretera.

Ante mi absoluto asombro y perplejidad, fui llevada en ambulancia (cuando llegó ésta, yo estaba sentada al volante de mi coche, esperando pacientemente a ver si el guardia civil me devolvía las llaves, que retiró del contacto a través de la ventanilla cuando fui a colocar de nuevo la documentación en el bolso, y acepté subirme a aquella sólo porque no veía otra manera de escapar de aquella esperpéntica y kafkiana situación) hasta el departamento de Urgencias del hospital general Dr. Negrín de Gran Canaria, donde posteriormente hablé con la psiquiatra de guardia.

Nunca le manifesté a ésta que tuviera intención de suicidarme, pero cometí la ingenuidad de comentarle los problemas que tenía en aquel momento, tal vez llevada por el aparente tono dulce y comprensivo que parecía mostrar. Al final me puso en la disyuntiva de avisar a algún familiar que, digamos, se “responsabilizara” de mí, o dejarme “en observación” toda la noche en Urgencias de Psiquiatría.

Dado que yo era una persona muy independiente, me disgustó enormemente la idea de tener que involucrar a otras personas en aquel asunto personal, pero dado que la alternativa era peor, saqué mi agenda y empecé por darle los teléfonos de mis amigos de mayor confianza. Tuve la mala suerte de que, al ser sábado por la tarde (además, en las fiestas de Carnaval), los tres primeros a los que telefoneó no estaban en casa, y, cuando iba a darle el 4º, ante los gestos de impaciencia de la psiquiatra, pensando yo que era debido a que le habían puesto sobre la mesa dos informes más de urgencias que atender, uno de los cuales llevaba la etiqueta que indicaba atención prioritaria (cosa que yo conocía porque había trabajado como enfermera en el departamento de urgencias de ese hospital tiempo atrás), le indiqué amablemente que atendiera primero aquellos casos, pensando que luego tendría mayor tranquilidad para seguir intentando otra conexión telefónica.

Pero, tras atender a aquellas dos personas, se fue sin decir nada y no volvió a aparecer, dejándome encerrada en aquella habitación durante 6 u 8 interminables y desesperantes horas, con la única presencia de un vigilante de seguridad en la puerta, que, obviamente, me impedía la salida. Cuando hacia las 11 ó 12 de la noche apareció de nuevo para atender a un nuevo caso, me acerqué a la puerta del despacho y le dije: “Por favor, si usted no tiene tiempo para llamar, déjeme a mí intentarlo con mi dinero desde el teléfono público”. Me dijo que entrara y pensé que ella iba a telefonear de nuevo. Entonces le dije con tono de tristeza: ”yo nunca habría tratado así a un paciente”, pues como enfermera me parecía inconcebible tener a un paciente en Urgencias durante horas sin ni siquiera acercarse un momento a ver cómo está. Luego le manifesté que me había sentido como un delincuente, allí encerrada durante horas con un hombre armado en la puerta que me impedía la salida.

En ese momento la antes apacible psiquiatra cambió radicalmente el tono de su voz diciéndome, visiblemente enfadada y alterada, que aquel actuaba por orden médica. “Ya lo sé, pero no deja de ser un hombre armado”, le repliqué en tono crítico, pero sin elevar siquiera al volumen de mi voz.

Entonces, ya sumamente encolerizada, le dio un manotazo al teléfono, cogiendo el auricular con rabia y diciendo: ¡PUES INGRESO INMEDIATO!. Yo me quedé tan perpleja que sólo pude musitar: ”Pero,¿esto qué es?,¿un castigo por lo que acabo de decir?”. Pero ella sólo me contestó: “No tengo tiempo de seguir hablando”, echándome de nuevo a la “sala de espera”.

Reflexionando sobre lo que había pasado, no encontré otra explicación más que, posiblemente, se había sentido herida en su autoestima profesional, y había reaccionado emocionalmente vengándose de mis comentarios críticos con el arma que tenía a mano: su poder para ingresarme a la fuerza. O sea, un ABUSO DE PODER. Así que fui encerrada, aduciendo en su informe, riesgo de suicidio, asignándome una supuesta ¡¡”ausencia de red de apoyo social”!!

Lo primero que me hicieron cuando entré en la unidad de hospitalización de Psiquiatría, mi nueva cárcel, fue hacerme quitar toda la ropa (¡¡incluidos zapatos y calcetines!!) y darme un pijama. Entonces empecé a sentir que perdía mi IDENTIDAD. También me quitaron mi bolso, con todos mis objetos personales, e incluso las gafas, lo cual me molestó muchísimo, dado que yo soy muy miope.

A la mañana siguiente (el ingreso fue a las 12 de la noche), se presentó la que decía llamarse “mi enfermera” (y que yo consideraba mas bien “mi carcelera”), advirtiéndome que tenía que seguir una serie de normas, como ducharme, desayunar y TOMAR LA MEDICACIÓN, y amenazándome de que si no lo hacía “por las buenas”, tendría que hacerlo “por las malas”.

Dado que yo conocía perfectamente los derechos de los pacientes contenidos en las leyes sanitarias españolas (puesto que estaba preparándome para unas cercanas oposiciones), le recordé algunos, como el derecho de toda persona a negarse a un tratamiento, etc,etc., a lo cual me contestó con tono despectivo: “ESO AQUÍ NO CUENTA PARA NADA”.

Más tarde, en el momento en que otro enfermero se dispuso a darme mi medicación, le pedí que al menos me dijera lo que me iba a tener que tomar, pues, por supuesto, no había recibido absolutamente ninguna información acerca del tratamiento por parte de ningún médico,(cosa a la que supuestamente también tienen derecho los pacientes), a pesar incluso de que conocían mi condición de profesional sanitaria. Se limitó a decirme que eran “Vandrall”, un antidepresivo, y “Valium 10”. Le advertí de que eso era excesivo para mí, y que traería problemas. Lo sabía, no sólo por mis conocimientos sanitarios, sino, sobre todo, por el conocimiento de mi propio cuerpo y de sus reacciones (quizá para otras personas sea una pequeña dosis, pero para mí, que no fumo, no bebo alcohol, no tomo ningún tipo de drogas -ni siquiera café- ni medicamentos de manera habitual, soy de tamaño pequeño, etc, eran peligrosas).

No sólo no me hizo caso, sino que me hizo pasar por el denigrante paso de abrirle la boca para demostrarle que me había tomado las pastillas. Y me las tomé a pesar de lo anterior, amenazada porque sabía que si no lo hacía, probablemente me inyectaran una dosis aún mayor, e incluso mi rechazo podría ser utilizado para demorar mi salida del hospital. Evidentemente, ya había entrado en la senda del “temor a…”, que tan bien conocen todos los que han estado encerrados involuntariamente.

Casi inmediatamente comenzaron los efectos adversos típicos, como la sequedad de boca, que te obliga a estar bebiendo agua constantemente. Al mediodía, me hicieron tomar otra pastilla de “Valium 10”. A media tarde,l as náuseas eran tan intensas que me impidieron tomar ningún tipo de alimento el resto del día. Pero lo peor aún estaba por llegar.

Progresivamente,había empezado a perder fuerza. Me encontraba tan débil que tenía que ser ayudada para levantarme de la cama e ir al lavabo. Poco a poco observé que esa debilidad muscular iba continuadamente en ascenso. Con no poca dificultad, cogí la botella de agua que tenía junto al cama, y la coloqué junto a mi boca, pues veía que ya no
tenía fuerza para estarla cogiendo cada vez que necesitaba beber.

Por supuesto, hasta entonces no había tenido ningún supuesto efecto positivo de los medicamentos, y ni siquiera tenía somnolencia o abotargamiento, por lo que tenía la conciencia perfectamente clara para darme cuenta y sentir todo lo que me estaba pasando.

A pesar de mi “cansancio”, hacía esfuerzos por razonar porqué me estaba pasando aquello. Me acordé de que, usualmente, cuando una persona acude a Urgencias con un fuerte dolor muscular, por ejemplo, una lumbalgia, se le suele inyectar Valium (aparte de los analgésicos) por su efecto RELAJANTE MUSCULAR, así que deduje que lo que me pasaba era eso, EL EFECTO DE UNA SOBREDOSIFICACIÓN.

Intenté explicárselo al personal sanitario auxiliar, pues parecían no entender mis síntomas, pero no me hicieron mucho caso. Tan solo me midieron la Presión Arterial y la Glucemia, y como obviamente estaban normales, y no se explicaban mis síntomas, no hicieron nada más. No sé si avisaron a la psiquiatra de guardia, porque posteriormente alguien me preguntó desde el borde de la cama, pero yo ya no podía siquiera volver la cabeza para ver quien me hablaba. La parálisis muscular continuaba aumentando gradualmente, de forma que a esas alturas de la tarde ya no podía mover casi ningún músculo de mi cuerpo, y hablaba débilmente y con dificultad.¡¡ Me veía en un estado tan denigrante!! que pedí que llamaran a mi hermano.¡¡Quería algún testigo que me conociera y viera en el estado en que me encontraba!! Pero, por supuesto, estaba totalmente”incomunicada” con el exterior por orden médica.

Al anochecer me di cuenta que tenía una respiración superficial y por supuesto,era absolutamente incapaz de realizar un suspiro o inspiración profunda. Poco a poco, la “relajación muscular” había llegado a afectar a mis músculos respiratorios, y cada vez me costaba más respirar. Sentía que me asfixiaba. Se lo hice saber al enfermero del turno de noche (me costaba mucho explicarme,pues el esfuerzo que utilizaba para hablar se lo quitaba al que necesitaba para inspirar), pero tras observarme someramente, parece que concluyó que todos mis síntomas eran producto de la ansiedad, pues me dijo: ”Tú tienes muchos miedos ¿no?”, y se limitó a subirme el cabezal de la cama para que respirara mejor.

Por supuesto, yo no tenía fuerza para contestarle, menos aún para protestar, ni siquiera podía llorar (y lógicamente, no se podía objetivar exteriormente la dificultad respiratoria, por el propio efecto farmacológico de absoluta relajación muscular). Llegó un momento en que todo mi ser se concentraba solo en conseguir una nueva respiración, aunque fuera muy superficial. Era como estar ahogándose en el mar…O como estar colgado de un precipicio, y sentir cómo se te agotan las fuerzas… En esa terrorífica situación de asfixia creo que estuve durante varias horas, sin saber hasta dónde iba a llegar aquello. A ello hay que añadir el terror de ver que no se tenían en cuenta mis síntomas, y por tanto temer que me siguieran añadiendo más medicación, además de no saber por cuanto tiempo iba a permanecer en aquel lugar.

Por suerte para mí, aquella noche no me dieron el otro” Valium 10″, pues de no ser así estoy convencida que habría terminado en la Unidad de Cuidados Intensivos, intubada (al fin y al cabo, lo que se le pone a una persona para paralizarle los músculos respiratorios para intubarla es un “relajante muscular”, solo que muy potente). Y poco a poco, gradualmente, fui eliminando los fármacos y fue disminuyendo su efecto, por lo que volví a poder respirar con normalidad, e incluso conseguí dormir algo.

A la mañana siguiente, aunque todavía con dificultad, ya podía moverme y hablar, por lo que hice un esfuerzo sobrehumano por comer y caminar para recuperar fuerza. Dada la terrorífica experiencia pasada, sabía que yo no podría aguantar mucho tiempo allí dentro, así que tomé la determinación de hacer lo único que yo creía efectivo en aquel momento: esconder mi espíritu rebelde (que había manifestado el día anterior usando un lenguaje irónico), y adoptar el papel del personaje que ellos querían, el de niñita-buena-obediente-sumisa y hasta sonriente.

Y, efectivamente, conseguí ser dada de alta ese mismo día, aún no sé si por decisión del nuevo psiquiatra que me entrevistó esa mañana, o del juez que debía autorizar mi internamiento involuntario, con quien también hablé esa mañana, todavía con algunas dificultades de expresión derivadas del tratamiento farmacológico (¿qué será de aquellos a los que el tratamiento les mantenga anulada su capacidad de razonamiento o expresión, cuando llegue el juez a verlos?, ¿Por qué este paso no es PREVIO a todo tipo de tratamiento?)

Tardé 5 días más, una vez en casa y sin más fármacos, en recuperarme físicamente (como recuperar mi tono muscular normal), pero no creo que nunca en la vida llegue a recuperarme del trauma psicológico que supuso esta terrible experiencia, (que aunque parezca muy detallada, en realidad ha sido muy resumida).Y, en realidad, soy consciente de que lo me ocurrió a mí, es NADA comparado con lo sufrido por tantas personas en todo el mundo,a causa de los abusos de la PSIQUIATRÍA COERCITIVA.

¡¡Mi solidaridad para todas esas personas anónimas!!, sobre todo para aquellas más débiles y vulnerables.

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